La despertó su propio grito. Una gota de sudor frío le bajó por la frente, cerró los ojos y respiró hondo. Los recuerdos del sueño desaparecían rápidamente, a la vez que se despertaba a la realidad. Pero la sensación de verse desde otra perspectiva, de ver su cuerpo, de estar muerta, todavía le recorría la mente produciéndole un sentimiento de irrealidad. Giró la cabeza, y observó los tímidos rayos que, a través de su persiana entreabierta, iluminaban tenuemente la habitación. Era viernes. Al salir de casa con su mochila al hombro, la luz la cegó por un momento. Todo se volvió borroso, sólo había sombras y nada más en aquella blancura que lo barría todo. Parpadeó, incómoda con esa sensación, y empezó a andar hasta sentarse en un banco enfrente de su instituto en medio de un pequeño parque lleno de árboles, que ya se preparaban para el invierno. Al instante, alguien le llamó la atención. Su pelo, rojo, y sus ojos de un color indefinido, mezclados con su tez pálida, hacían de ella una joven con una belleza exótica no habitual. Llamaba la atención, pero sin embargo se abría paso por la calle sin que nadie se fijase en ella. Observaba todo a su alrededor, hasta que su mirada se cruzó con la de Emma, que la miraba de reojo ligeramente sorprendida. Quería decirle algo, pero las palabras murieron en sus labios al ver que se sentaba a su lado.
Puedes verme, dijo simplemente con un brillo intenso en su mirada. Emma se sintió contrariada. Claro que puedo, respondió. No eres más diferente que yo o cualquiera de las personas que pasan por la calle. En ese momento, el timbre llenó el aire con su incómodo ruido a metal viejo. La joven se levantó, y cogió su mochila, observando a su acompañante, esperando algo, que la acompañara, que se despidiera…una sonrisa, la sonrisa sarcástica que más significado tendría para ella, y unas palabras. Tal vez, tal vez en eso último te equivoques. Aunque pronto no será así, y la muchacha se fue, dejando a Emma con una mirada de incomprensión. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que aquellas palabras tenían más importancia de la que ella creía. Que había en ellas algo más que una frágil amenaza. Creía en las palabras de la chica, más de lo que habría pensado, y de repente supo que tenía miedo. Se quedó embobada mirando por donde se había ido, y, tras unos minutos, se dio cuenta de que estaba helada, se puso rápidamente la chaqueta y entró en el instituto. Al girar la puerta, el calor de la calefacción le dio de lleno. Una imagen, de ella misma observando todo un valle en llamas, de verse a ella misma caída entre el fuego, la asaltó de pronto. En sus ojos, una sombra los oscureció durante una milésima de segundo. Luego se olvidó de todo.
Intrigante... me encanta!!!
ResponderEliminarTeQuiero (L)