La despertó el ruido del ventilador. La habitación estaba a oscuras, con las persianas medio bajadas, y con el aire pesado de los días especialmente calurosos. Abrió los ojos poco a poco, agradeciendo el frescor, reconociendo los detalles a medida que se iba acostumbrando a la negrura. Tenía un libro en la mano, que seguramente estaría leyendo antes de quedarse dormida, abierto por una página cualquiera y sin rastro del marcapáginas. Su móvil tenía la pantalla encendida, con un mensaje de su madre, diciéndole que se habían ido a la playa y que les había dado pena despertarla al verla tan dormida. Había perdido la noción del tiempo, y abrió ligeramente la puerta de su habitación, justo a tiempo de ver cómo un chico de pelo rubio cerraba la puerta contigua a la suya. Una sonrisa se formó en su rostro, coincidencia. Volvió a entrar, y dejó que la luz pasara de nuevo por las ventanas. En el exterior, más allá del hotel, más allá de las urbanizaciones, estaba el mar. Le gustaba ver su agua, sus olas creando la espuma al chocar contra las rocas. Le daba tranquilidad. Se sentó, con una sonrisa.
La segunda de aquel día de principios de verano.