the science of deduction.

jueves, 30 de junio de 2011

Escribía para ellas.

La pantalla en blanco de su ordenador, tras varios segundos inmóvil iluminando aquella intensa oscuridad, consiguió al fin hacer suspirar a la muchacha que la observaba como embobada, aquella cálida noche en la que había más gente fuera que durante el día, charlando y riendo, con copas en la mano, o simplemente solitarios que querían compartir la melancolía de las estrellas. No, no se le ocurría nada, era demasiado frustrante como para reconocerlo, no había ninguna idea en la que entretenerse mientras la convertía en palabras, y estuvo así un rato pensativa, su mente trabajando a cien, hasta que, dudando ligeramente, se puso a escribir, y al fin se olvidó de todo. Su cabeza, junto con la pantalla, se llenó de palabras, pequeños puntitos negros que, a una velocidad cada vez mayor, iban creando una idea. Siempre le había gustado escribir. Le relajaba, le tranquilizaba, era un hobby en el que desaparecía hasta que, con una sonrisa, ponía punto y final.
Solía escribir para ella, pero, sin embargo, aquella noche escribía para los demás. Para sus amigas, que le habían apoyado, para toda la gente que le había leído y le había gustado, pero principalmente para aquellas chicas que, diariamente, veían su blog y le pedían que continuara, para las que le daban la inspiración y que, a la larga, hacían de sus pequeños escritos, unos escritos especiales.
Aquella noche, les dedicó también una sonrisa.

domingo, 26 de junio de 2011

El mar.

La despertó el ruido del ventilador. La habitación estaba a oscuras, con las persianas medio bajadas, y con el aire pesado de los días especialmente calurosos. Abrió los ojos poco a poco, agradeciendo el frescor, reconociendo los detalles a medida que se iba acostumbrando a la negrura. Tenía un libro en la mano, que seguramente estaría leyendo antes de quedarse dormida, abierto por una página cualquiera y sin rastro del marcapáginas. Su móvil tenía la pantalla encendida, con un mensaje de su madre, diciéndole que se habían ido a la playa y que les había dado pena despertarla al verla tan dormida. Había perdido la noción del tiempo, y abrió ligeramente la puerta de su habitación, justo a tiempo de ver cómo un chico de pelo rubio cerraba la puerta contigua a la suya. Una sonrisa se formó en su rostro, coincidencia. Volvió a entrar, y dejó que la luz pasara de nuevo por las ventanas. En el exterior, más allá del hotel, más allá de las urbanizaciones, estaba el mar. Le gustaba ver su agua, sus olas creando la espuma al chocar contra las rocas. Le daba tranquilidad. Se sentó, con una sonrisa.
La segunda de aquel día de principios de verano.